Steven Spielberg está sentado en la terraza de O Miudiño, en Monforte, a la vera del Cabe y de un Algueira para soportar el trago. Ha traído personalmente un copión de su última película y ahora lo están valorando. Se muestra inquieto, sabe que si a Iván y a Carlao, Carlao e Iván (tanto monta, monta tanto) no les convence, no se estrenará en el FanCine 2016 por muy burro que el bueno de Steven se ponga. El yankee sabe que van a proyectar la ganadora de Sitges 2015, The Invitation (Karyn Kusama, 2015). Es un peliculón para abrir el festival y, claro, Steven Spielberg, a pesar de sus éxitos, talento y poder, sabe que lo tiene complicado. The Babadook (Jennifer Kent, 2014), que logró el premio del Jurado y el de mejor actriz en el festival catalán, estuvo en el FanCine pasado.

Un anciano en silla de ruedas se le acerca y le saluda. Spielberg no lo reconoce; tampoco es que pise mucho España, la verdad, aunque el rey Midas de Hollywood cree que el Algueira fresquito que se está tomando le sienta fenomenal y ahora mismo está mejor en esa terraza, en Monforte y en la Ribeira Sacra que en Santa Mónica o en las Pacific Palisades. El octogenario rodante mira a Spielberg con ternura, aún conserva una luz pícara de inteligencia juvenil en sus ojos. Le espeta que se conocieron de chavales, en Praga o Montecarlo. Tras algún que otro balbuceo amnésico, Spielberg disimula y se propone recordar. Torpemente le invita a sentarse o, al menos, a pararse y charlar a la vera de unos caldos de la zona mientras espera a que los del FanCine acaben de ver su última pátina y le den el veredicto. El anciano, juguetón, le dice a Steven que puede llamarle Luis y reconoce que siempre supo que le iría muy bien. Desde aquél día, allá por el 69, cuando le ganó en un festival y, antes de subir a recibir el galardón, se le acercó y le consoló: “Ánimo amigo, a mí me ha gustado más tu Duel (El diablo sobre ruedas, 1971) que la mía”. Spielberg sonríe aunque sigue sin caer. El anciano le recrimina que no haga más películas tenebrosas y humorísticas, como la de Indiana Jones y el Templo Maldito (1984), y se deje llevar a menudo sólo por el vil pecunio. Luis se acaba el vino y cuando está a punto de marcharse, Spierlberg le pregunta: “Don Luis, un momento, amigo, ¿Y usted qué ha hecho todos estos años?”. El anciano le responde que es escritor y director. Spielberg le pide que se quede un rato más. Comparten y departen al calor de un par de mencías mientras Spielberg consulta con disimulo su tablet. La cara del abuelo le suena pero google no entiende de donaires.

Poco a poco Spielberg cae en la cuenta de quién puede ser ese “simpático” pero ácido “Diablo sobre ruedas”, ese Don Luis. De pronto se le erizan las barbas y el sudor recorre su visera ante el eureka. Luis Peñafiel es el pseudónimo de Narciso. Es Chicho Ibáñez Serrador, cuya retrospectiva se proyectó en la primera edición del FanCine.  Spielberg se queda mudo y calla azorado mientras Chicho le anima a acercarse por el festival aunque Iván y Carlao no le pillen el largometraje. “Pusieron todas mis películas y creo que gustaron mucho. Yo es que, tal y como estoy de salud, no pude venir y mira que me arrepiento”, reconoce un melancólico Chicho. Inmediatamente y un poco encabronado añade: “Aquí estoy ahora, claro. Pero es que esto es un relato fantástico y ya sabes tú, Steven, que en la ficción todo es posible”. Steven Spielberg asiente, supo del FanCine de Lemos por esa retrospectiva. Es fan declarado de Chicho desde que vio La Residencia (1969) en aquel festival en Montecarlo, o en Praga. Ahora con el tercer Algueira ya no lo recuerda exactamente aunque se le calienta la boca y dice: “Hombre, Chicho, si la magia de la ficción lo puede todo podrían haberte quitado la silla de ruedas, vaya cabronada”. Chicho responde y con razón: “A ver, Steven, que es un festival de terror, qué menos. Da las gracias a que ahora no saque un hacha y te degolle. O que aparezca el único hombre lobo de verdad que ha existido, Paul Naschy, en plan zombie y nos devore a ambos”.  Steven no lo había pensado así, pero es que no se lo puede creer, está asombrado. Es fan de La Residencia (1969), ¿Quién puede matar a un niño? (1976), Historias para no dormir (1966) y hasta de Historias de la frivolidad (1967). Además, para un contador de historias como el realizador americano, esta es una escena cojonuda, un gran momento de reconocimiento. Para un narrador es el regreso del Rey Ricardo desde Tierra Santa en Ivanhoe.

Carlao y Patiño se acercan caminando por el puente mientras Chicho y Steven los contemplan desde la terraza. Steven, que es un poco cenizo, le susurra a Chicho: “Tienen cara de que no les ha gustado”. Chicho le calma: “Tranquilo, no lo puedes saber, llevan gafas de sol y están muy lejos. Si está bien seguro que te la proyectan. Mira el año pasado la de El Desconocido, de Dani de la Torre”. Steven hace memoria: “Es verdad. Bueno, es que era cojonuda y además el director es de por aquí”. El americano no lo tiene claro, pero se muere por volver a Monforte, así que propone a Chicho: “Si no les gusta mi peli quizás sí les puedo pedir que me hagan como a ti, una retrospectiva. O pídeselo tú, que tienes mano”. Spielberg espera que Chicho le ayude mientras Carlao e Iván ya están en la terraza, les ven, saludan y se acercan. Antes de que lleguen, Chicho Ibáñez Serrador le espeta a Steven Spielberg: “No lo creo amigo. Este año homenajean a Paul Naschy; viene su hijo, Sergio Molina, y proyectan el documental sobre su vida: El hombre que vio llorar a Frankenstein. Y está la sección oficial de cortometrajes, que hay nivelón, y todas las actividades. Pero paciencia, Steven, vente este año y disfrútalo, por el puro gozo de ver pelis y pasar miedo, que el FanCine de Lemos 2016 pinta de puta madre”.

Jorge Villa
Guionista y escritor

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