Ba-Ba-Dook-Dook-Dook… Este es el sortilegio que detona el conflicto del excelente y conciso film de Jennifer Kent, un mantra envenenado que se filtra en la torturada psique de la protagonista y su hijo en la película ganadora de Sitges 2014 y que clausuró el FanCine de Lemos 2015. Y es que, a fin de cuentas, nos encontramos ante un estudio sobre la psicología humana y el estrés post-traumático de una familia incapaz de lidiar con las adversidades propias de un entorno despersonalizado, económicamente adverso y solitario de una madre viuda al cargo de un hijo hiperactivo e inadaptado. Aunque disfrazado de un film de horror, The Babadook, de forma alegórica, juega sus cartas de tinta negra para acercarnos a una reflexión mas profunda ¿es posible huir de nuestras emociones? ¿es posible sanar el sentimiento de culpa?

The Babadook juega sus cartas de tinta negra para acercarnos a una reflexión mas profunda

Desde el primer minuto The Babadook es una película encerrada en ella misma, en una casa gris de un barrio residencial de clase media, en la agotadora vida de una enfermera que lucha por sacar adelante a un niño que la agota y le recuerda incesantemente la perdida de su marido, fallecido en un accidente cuando trasladaba a su mujer a dar a luz, ahí es nada. La cámara de Kent plasma, sin escatimar en trucas, el descenso a los infiernos de madre e hijo mediante repeticiones, lapses de tiempo que hacen que el sueño de su protagonista sea fugaz y mas bien poco anestésico y un acaparamiento casi obsesivo por parte del hijo hacia su madre que incluso cuando duerme se aferra a su cuello estrangulando su sueño. En todo este caldo de cultivo es lógico que se cuele la paranoia, que no es otra que un libro infantil que aparece por arte de magia u olvidado hace tiempo por la propia protagonista (poco importa) y que sirve así de representación física para exteriorizar un mal mayor, el cansancio, la presión social y un trastorno del sueño que facilita las visiones de ese monstruo victoriano que es Babadook, una suerte de Jack el destripador sin rostro, fiel representación de la descripción que los insomnes hacen de sus misteriosos visitantes nocturnos.

La mente es capaz de jugar malas pasadas, si una idea se nos mete en la cabeza será difícil darle salida

La directora australiana no oculta sus referencias al cine de genero para disfrazar su película de lo que no es. Hay en The Babadook referencias a Repulsion (1965) y El Quimérico Inquilino (1976) de Roman Polanski al transponer el deteriorado estado mental de su protagonista al espacio fílmico, grietas y humedades en las paredes o una inoportuna infección de muelas para evidenciar eso del mens sana in corpore sano, pero también se sirve de anécdotas de la popular serie de americana The Simpsons. Inevitable es recordar a Marge estresada al cuidado de sus retoños y a Lisa drogada en una sorpresiva visita de los servicios sociales. Kent juega así en un territorio común y en ocasiones previsible sin perder por ello la idea principal de su discurso que mantiene a raja tabla en los escasos 90 minutos de película, la mente es capaz de jugar malas pasadas, si una idea se nos mete en la cabeza será difícil darle salida.

Una vez más el cine de horror demuestra que sirve de vínculo para reflexionar sobre el mal endémico de nuestra sociedad que es la alienación y la soledad, llegando a explorar lo que aun parece inexplorable, la articulación de las emociones dentro de una época excesivamente pragmática y más preocupada de las apariencias que de entender porque nuestros vecinos, amigos o familiares se comportan de maneras tan “poco convencionales”. Una vez más el cine, al igual que la literatura fantástica moderna, sirve para explorar lo incuantificable, aquello que obsesionó a Edgar Allan Poe para escribir tantas y tantas líneas, la conciencia humana y eso que denominamos emociones.

Nos encontramos pues ante una película reflexiva y como ya he dicho previsible por momentos, siendo este quizás su punto débil, pero aun así funcional y necesaria para aquellos que ya no creen en los hombres lobo sino más bien en los monstruos interiores, en los fantasmas que se ocultan dentro de nuestro sistema nervioso.

David Rodríguez Muñiz,
Guionista y director de cine.

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